- MIGUEL INDURÁIN Desde la retirada de Hinault, en 1986, el ciclismo había vivido un lustro sin un dominador claro. Los corredores que podían haber monopolizado la gloria durante esos años vieron truncadas sus trayectorias por graves lesiones -Fignon-, accidentes -Lemond-, o descuidos -Delgado en 1989-. Mientras tanto se iba forjando en silencio, pacientemente, el que estaba llamado a convertirse en el gran campeón de los años noventa. El proceso de incubación duró siete años, desde su primera participación en el Tour, en 1985, hasta su primera victoria, en 1991. Durante ese tiempo, la dirección técnica del equipo Reynolds -luego Banesto- bajo la supervisión de José Miguel Echávarri, fue puliendo, tanto en su aspecto físico como en cuanto a su aprendizaje táctico, un diamante en bruto de 188 centímetros de estatura. Año a año Miguel Induráin fue tomándole el pulso al Tour en participaciones perfectamente planificadas. Disputó su primera ronda francesa en l985, con 21años -meses antes se había convertido en el líder más joven de la Vuelta a España-. En aquella edición, por expreso deseo de su director, Induráin no pasó de cuatro etapas. La temporada siguiente cubrió once etapas. Luego, el navarro trabajó como gregario, contribuyendo a la victoria de su compañero Delgado en 1988, edición en la que él acabó en el puesto 47. Al año siguiente ganaba su primera etapa en la prueba francesa para escalar hasta el puesto 17 de la general, y en 1990 se encaramaba hasta el décimo venciendo, además, en la etapa pirenaica de Luz Ardiden. Entre tanto, había afilado su cuerpo, rebajando su peso hasta los 79 kilos, por consejo del doctor italiano Conconi. Todo estaba a punto, y en 1991 se produjo la transición: un Pedro Delgado que entraba en la recta final de su carrera se echaba a un lado para dejar paso al pujante Induráin, que había terminado segundo en la Vuelta a España, detrás del catalán Melchor Mauri. En julio, se lanzaba hacia su primer Tour bajando el Tourmalet en compañía del italiano Claudio Chiappucci. El norteamericano Lemond, ganador de las dos ediciones anteriores, y el italiano Gianni Bugno, vencedor del Giro de 1990, sabrían ese día, al entrar en meta, que aquel Tour ya no sería para ninguno de los dos. La misma sensación la experimentaría tarde o temprano, a lo largo de los cuatro años siguientes, cualquier ciclista que se hiciera la más mínima ilusión acerca de adjudicarse el Tour de Francia en presencia de Miguel Induráin, Claudio Chiappucci, Marco Pantani, Ugrumov, Tony Rominger, Alex Zulle, Jaskula,... El pelotón de <
martes, 28 de agosto de 2012
CAMPEONES DE LA HISTORIA DEL CICLISMO; LOS AÑOS 90
- MIGUEL INDURÁIN Desde la retirada de Hinault, en 1986, el ciclismo había vivido un lustro sin un dominador claro. Los corredores que podían haber monopolizado la gloria durante esos años vieron truncadas sus trayectorias por graves lesiones -Fignon-, accidentes -Lemond-, o descuidos -Delgado en 1989-. Mientras tanto se iba forjando en silencio, pacientemente, el que estaba llamado a convertirse en el gran campeón de los años noventa. El proceso de incubación duró siete años, desde su primera participación en el Tour, en 1985, hasta su primera victoria, en 1991. Durante ese tiempo, la dirección técnica del equipo Reynolds -luego Banesto- bajo la supervisión de José Miguel Echávarri, fue puliendo, tanto en su aspecto físico como en cuanto a su aprendizaje táctico, un diamante en bruto de 188 centímetros de estatura. Año a año Miguel Induráin fue tomándole el pulso al Tour en participaciones perfectamente planificadas. Disputó su primera ronda francesa en l985, con 21años -meses antes se había convertido en el líder más joven de la Vuelta a España-. En aquella edición, por expreso deseo de su director, Induráin no pasó de cuatro etapas. La temporada siguiente cubrió once etapas. Luego, el navarro trabajó como gregario, contribuyendo a la victoria de su compañero Delgado en 1988, edición en la que él acabó en el puesto 47. Al año siguiente ganaba su primera etapa en la prueba francesa para escalar hasta el puesto 17 de la general, y en 1990 se encaramaba hasta el décimo venciendo, además, en la etapa pirenaica de Luz Ardiden. Entre tanto, había afilado su cuerpo, rebajando su peso hasta los 79 kilos, por consejo del doctor italiano Conconi. Todo estaba a punto, y en 1991 se produjo la transición: un Pedro Delgado que entraba en la recta final de su carrera se echaba a un lado para dejar paso al pujante Induráin, que había terminado segundo en la Vuelta a España, detrás del catalán Melchor Mauri. En julio, se lanzaba hacia su primer Tour bajando el Tourmalet en compañía del italiano Claudio Chiappucci. El norteamericano Lemond, ganador de las dos ediciones anteriores, y el italiano Gianni Bugno, vencedor del Giro de 1990, sabrían ese día, al entrar en meta, que aquel Tour ya no sería para ninguno de los dos. La misma sensación la experimentaría tarde o temprano, a lo largo de los cuatro años siguientes, cualquier ciclista que se hiciera la más mínima ilusión acerca de adjudicarse el Tour de Francia en presencia de Miguel Induráin, Claudio Chiappucci, Marco Pantani, Ugrumov, Tony Rominger, Alex Zulle, Jaskula,... El pelotón de <> por la devastadora marcha de Induráin fue creciendo a lo largo de la primera mitad de los años noventa. Además, la perspectiva que se presenta ante los rivales de Induráin no les invita precisamente al optimismo. Consiguió superar la barrera de los 30 años con sus fuerzas muy enteras gracias a una sabia dosificación, huyendo de alardes y empleando siempre las fuerzas precisas para alcanzar la victoria. Repertorio ilimitado Por si esto fuera poco, su repertorio parece ilimitado. Si su primer Tour lo ganó en un descenso, en el segundo <> a sus rivales en la histórica contrarreloj de Luxemburgo, donde corrió a 49 kilómetros por hora durante 65 kilómetros. También eligió la novena etapa -otra contrarreloj- para dejar resuelto el Tour de 1993, limitándose luego a resistir los ataques de Rominger en la montaña. Pero es que tanto en 1994 como en 1995 demostró que también podía ganar el Tour cuesta arriba. Nadie pudo seguirle cuando se lo propuso. Su en principio máximo rival, un Rominger que había encadenado tres victorias consecutivas en la Vuelta a España -récord de la carrera- adujo problemas fisicos y abandonó en los Pirineos. ¿Es poco aún? Bien, también en 1995 demostró cómo se puede hundir a todos los rivales sobre el recorrido de una clásica en tierras belgas, realizando una contrarreloj en solitario con la que logró robar un minuto al pelotón. Primer triunfo español en el Giro Su objetivo es el Tour, y planifica toda la temporada en función de la carrera gala. Sin embargo, eso no fue obstáculo para que Miguel Induráin se convirtiera en Michelone durante dos temporadas y se vistiera de rosa en los Giros de 1992 y 1993, logrando además dos dobletes consecutivos, algo que -una vez más- sólo Eddy Merckx había sido capaz de conseguir. De ese modo, el navarro se convertía en el primer español que triunfaba en la carrera italiana desde su arranque en 1909. Lo hacía, además, derrotando a las figuras locales, Bugno y Chiappucci, así como al letón Ugrumov, el corredor que en mayores aprietos le puso en la edición de 1993. En 1994 Induráin sufriría su primera derrota en una gran carrera por etapas desde que comenzara su reinado en 1991. Fue en el Giro, a manos del impetuoso Berzin. A diferencia del <> corredor ruso, a Induráin, entre otras cualidades, siempre se le reconocía su capacidad para granjearse arnigos gracias a su generosidad a la hora de renunciar a los triunfos parciales en beneficio de otros corredores. Lo suyo era la lucha por la clasificación general, y, como ya se mencionó, el navarro evita derrochar fuerzas y humillar a los rivales, un gesto que siempre se le reconocía por parte de afición, prensa y hasta de sus propios contrincantes. Algunos le acusan de ser un corredor excesivamente frío, cuya forma de correr, limitándose a conservar en la montaña la renta que obtiene en las pruebas contrarreloj, escamotea la emoción de las carreras en que participa. Su seguridad le presenta como un corredor poco menos que infalible, inmune al sufrimiento, una máquina programada para ganar. Indurainator o La Máquina son dos de los sobrenombres con los que se le ha bautizado. Morfología Lo cierto es que, como en cada ciclista, la morfología de Induráin también condiciona su forma de correr. En la alta montaña no puede someter sus 188 centímetros a bruscos cambios de ritmo como los que realizaba Pedro Delgado para entusiasmo de los aficionados, pero nadie que le preocupara en una clasificación general logró dejarle en la montaña de modo significativo, salvo puntuales desfallecimientos, siempre de escasa repercusión en tiempo. Al contrario, su forma de ataque en la alta montaña, como pudo verse en el Tour de 1995, consistía en un incremento progresivo del ritmo de ascensión demoledor para todos sus rivales. Por otra parte, su potencia en las etapas contrarreloj le permitió siempre llegar a la montaña por delante de ellos. Ninguno le derrotó en las alturas. En cuanto al sufrimiento, se podría considerar al navarro un prestidigitador del dolor. Pudo llegar a marchar todo lo mal que puede marchar un ciclista, y no darse cuenta de ello ninguno de sus rivales. Además, la regularidad de Induráin ha quebrado la imagen del deportista español genial pero imprevisible, capaz de lo mejor un día y de fallar estrepitosamente la siguiente jornada. El navarro fue, en competición, un hombre de una meticulosidad que lleva hasta extremos espartanos. Algunos ejemplos: ni en los momentos de calor más asfixiante aceptaba beber agua que no se encuentre a temperatura ambiente; siempre se levantaba de la mesa sin haber matado del todo su apetito; y trabajaba hasta la obsesión con sus mecánicos la puesta a punto y medidas de su bicicleta. Todo ello, unido a una inteligencia natural en carrera afinada por los años de experiencia, confluyó en la explosión del mejor ciclista español de todos los tiempos. Su dominio era tal que, si fue el hombre que <> a las estrellas de la anterior generación -Roche, Delgado, Fignon, Lemond- <> los palmarés de las de la propia -Bugno, Chiappucci, Breukink-. En 1995 Induráin afrontaba el abordaje de la mítica frontera de los cinco Tours, la que separaba a Anquetil, Hinault y Merckx del resto de los mortales. Preguntado al respecto, el belga aseguró que no sólo le parecía evidente que Induráin sería capaz de subirse a ese pedesta1, sino que le veía incluso con fuerzas para ganar un sexto... y un séptimo Tour. Comparaciones Entre Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin suman nada menos que 20 Tours. Sin embargo, al comparar al español con sus antecesores se aprecian algunas diferencias notables. En primer lugar, los dos franceses y el belga ganaron su primer Tour coincidiendo con su debut en la ronda francesa, mientras que, como ya se ha indicado, Induráin tuvo que someterse a un largo proceso de aprendizaje. Además, de los cuatro, únicamente Induráin fue capaz de prolongar su éxito en el Tour durante cinco años. Fuera del Tour, tiranizado por Induráin, los años noventa han supuesto el tardío salto al primer nivel del suizo Tony Rominger, el cual, además de sus tres victorias en la Vuelta, fue brillante vencedor del Giro de 1996. Otro de los ciclistas que apuntaron fuerte son el citado Berzin, vencedor del Giro de 1994; el italiano Pantani, un escalador de corte clásico; el también suizo Zulle (Vuelta a España de 1996) o el francés Jalabert, vencedor de la Vuelta a España de 1995 y de la París-Niza de 1996. Tampoco puede olvidarse al que parece llamado a suceder a Induráin como estrella del pelotón español, el donostiarra Abraham Olano, campeón del mundo en 1995 y primer español que gana esta prueba. 1996: un Tour que se escapó En 1996, Induráin afrontaba su sexto Tour, pero ese año no pasó lo mismo que en años anteriores; Induráin no pudo, se podría haber debido a la pájara que sufrió en una de las etapas a mediados de Tour, por la cual perdió varios minutos respecto a Berzin, desde el día de la pájara, las fuerzas del corredor ya no volvieron a ser las mismas y, aunque se intentó superar, no lo logró. Había un corredor danés, Riis, que se aprovechó de esto y sentenció a su favor el Tour, ganando a Induráin en las principales etapas de montaña, y en la cronoescalada que hubo. Pedro delgado Miguel Induráin
- MIGUEL INDURÁIN Desde la retirada de Hinault, en 1986, el ciclismo había vivido un lustro sin un dominador claro. Los corredores que podían haber monopolizado la gloria durante esos años vieron truncadas sus trayectorias por graves lesiones -Fignon-, accidentes -Lemond-, o descuidos -Delgado en 1989-. Mientras tanto se iba forjando en silencio, pacientemente, el que estaba llamado a convertirse en el gran campeón de los años noventa. El proceso de incubación duró siete años, desde su primera participación en el Tour, en 1985, hasta su primera victoria, en 1991. Durante ese tiempo, la dirección técnica del equipo Reynolds -luego Banesto- bajo la supervisión de José Miguel Echávarri, fue puliendo, tanto en su aspecto físico como en cuanto a su aprendizaje táctico, un diamante en bruto de 188 centímetros de estatura. Año a año Miguel Induráin fue tomándole el pulso al Tour en participaciones perfectamente planificadas. Disputó su primera ronda francesa en l985, con 21años -meses antes se había convertido en el líder más joven de la Vuelta a España-. En aquella edición, por expreso deseo de su director, Induráin no pasó de cuatro etapas. La temporada siguiente cubrió once etapas. Luego, el navarro trabajó como gregario, contribuyendo a la victoria de su compañero Delgado en 1988, edición en la que él acabó en el puesto 47. Al año siguiente ganaba su primera etapa en la prueba francesa para escalar hasta el puesto 17 de la general, y en 1990 se encaramaba hasta el décimo venciendo, además, en la etapa pirenaica de Luz Ardiden. Entre tanto, había afilado su cuerpo, rebajando su peso hasta los 79 kilos, por consejo del doctor italiano Conconi. Todo estaba a punto, y en 1991 se produjo la transición: un Pedro Delgado que entraba en la recta final de su carrera se echaba a un lado para dejar paso al pujante Induráin, que había terminado segundo en la Vuelta a España, detrás del catalán Melchor Mauri. En julio, se lanzaba hacia su primer Tour bajando el Tourmalet en compañía del italiano Claudio Chiappucci. El norteamericano Lemond, ganador de las dos ediciones anteriores, y el italiano Gianni Bugno, vencedor del Giro de 1990, sabrían ese día, al entrar en meta, que aquel Tour ya no sería para ninguno de los dos. La misma sensación la experimentaría tarde o temprano, a lo largo de los cuatro años siguientes, cualquier ciclista que se hiciera la más mínima ilusión acerca de adjudicarse el Tour de Francia en presencia de Miguel Induráin, Claudio Chiappucci, Marco Pantani, Ugrumov, Tony Rominger, Alex Zulle, Jaskula,... El pelotón de <
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